No debí abrir aquel libro.
Yo lo sabía.
No debía abrir aquel libro.
Su misión era quedarse en un rincón de mi vieja
biblioteca,
Lleno de polvo como algún olvidado tesoro.
No debí abrir aquel libro.
¡Qué triste! ¡Que vacío me dejaron sus hojas!
Y era bello.
Y su aura de misterio me sedujo.
Yo no quería abrirlo,
Porque sólo los libros que no hemos leído nos hacen
volar.
Yo quería guardarlo por siempre y no leerlo.
Yo quería soñar con lo que tenía escrito.
Yo quería inventarme la mejor historia y pensar que era
la que estaba escondida allí.
Yo quería y no quería.
Él estaría lleno de rocío entre mis historias marchitas
de deseos.
Lo miraría con nostalgia y amor en mis horas solitarias.
Y en él amaría a quien no conozco y espero.
Él era mi libro prohibido.
Pero lo abrí.
Y una vez abierto, lo leí.
¿Cómo evitarlo?
Y no me gustó.
No me gustó ni la forma ni el fondo.
No me gustó.
Ahora mi libro prohibido, el que no debí leer.
El tuyo.
Ahora sólo forma parte de un estante de libros
olvidados:
Que no volveré a leer.
18 de junio 2008
